VIVIR EN DIOS
©Giuseppe Isgró C.
Lucena,
Andalucía: 2003.
Del
libro: Vivir en Dios
-¿Cómo podemos vivir en Dios?
Es sencillo. De hecho se vive en Dios; se forma parte de Él;
cada ser se mueve dentro de la sustancia divina. Empero, una vez emanados a la
vida individual, y dotados de todo el potencial universal, de los atributos
divinos, hemos sido lanzados a la carrera humana desde un grado cero de
progreso. Toda evolución alcanzada constituye un mérito personal, debido al
propio esfuerzo. Ha sido preciso ir aprendiendo
desde el inicio a reconocerse a sí mismo como a una parte indivisa de la
Divinidad. Igualmente, adquirir conciencia de las propias facultades, del
entorno universal en el cual cada ser se mueve, luego la presencia de una
conciencia personal y universal, la una réplica exacta de la otra, y un plan cósmico impreso en ella.
Se forma parte de la Divinidad por haber emanado a la
conciencia individual sin haber habido separación y sin dejar de ser Ella. Solo
que se ignora, al igual que todo el potencial inherente, en sabiduría de los
atributos divinos y poder creador potencialmente infinito.
Somos un eslabón de una
cadena universal se seres emanados a la conciencia individual, a partir de la
Divinidad, en los cuatro reinos naturales: humano, animal, vegetal y mineral, para
realizar la gran obra de la Creación en el eterno presente siguiendo un plan
divino y una ley cósmica.
Para vivir en Dios hay que sintonizarse con El y formar una
unidad consciente e indisoluble, como en efectos la formamos. Debido al libre
albedrío y al aprendizaje y conciencia que se va forjando, mientras el ser
perciba los valores universales, que les guiarán en sus pensamientos,
sentimientos, palabras y acciones, puede interrumpir dicha sintonía, por el
velo de la separación, pero, no hay tal.
Empero, uniendo el propio pensamiento a Dios, formando una
unidad y constituyéndose en canal de su divina voluntad, se vive en Dios
mediante la práctica de todas las virtudes relativas a los valores universales,
que conforman sus sentidos direccionales de vida.
Ahora bien, al entrar en sintonía con Dios y formar una unidad
con El, automáticamente se vive en Dios y Él toma cartas en el asunto, guiando,
por inspiración, armonizando con sus principios universales y cumpliendo su rol
de Gran Pedagogo en el quehacer cósmico.
Se vive en conexión continúa con Dios por medio de la
canalización de los sentimientos, en la conciencia.
El lenguaje de Dios son los sentimientos y cada uno de ellos
representa un valor universal, un principio cósmico y una ley divina.
La clave reside en centrar la atención en la Divinidad: Al
centrar la atención en Dios se expande la propia conciencia perceptiva,
comprensiva y realizadora de la
Divinidad, de sus atributos divinos, o valores universales, y poder creador
potencialmente infinito. Un medio efectivo es el Dizkr, o constante recuerdo
del nombre de Dios, de los sufíes.
Para el ser, cada valor representa un sentido cósmico que, en
su doble polaridad, les guían o sirven de parámetros en el camino de la vida.
Cada sentimiento en su dualidad de polaridades permite a Dios desarrollar su
rol de Gran Pedagogo. El ser, al sentir el efecto del ceñimiento de su vida a
lo justo, a lo bello, al equilibrio, a la verdad, o lo contrario, va recibiendo la enseñanza gradual y
necesaria que le permite desarrollar su discernimiento y un más elevado estado
de conciencia, siendo ésta un grado de la de Dios, en el respectivo grado
evolutivo, ad infinitum.
Con el sentimiento en su polaridad positiva se recibe el
beneplácito de Dios; lo contrario es la señal que indica que se debe corregir
el curso de los pensamientos, de los sentimientos, de las palabras y de las
acciones. Con la índole positiva de la intención nos acercamos a Dios; con la negativa,
nos alejamos de Él. Es como si con una modalidad encendiéramos la luz y con la
otra se apagara. De eso se trata, precisamente. Abrirse o cerrarse a la luz. Es
una libre elección.
La práctica de las virtudes mantiene activado el flujo de la
energía divina en la propia vida. Flujo y reflujo; ir y venir de la energía. El
ser se conecta con el yo interno y éste, automáticamente, establece la conexión
con Dios al trascender el nivel de interiorización, su estado de trance y deja de obstaculizar la conexión con el
desapego, centrándose en Dios y no en el ego. Es preciso meditar en Dios y sus
atributos, -valores universales- expresando los elevados sentimientos divinos
acordes a los mismos –regidores de todo
pensamiento y sentimiento, y aptitud,
actitud y conducta-. Se posee un poderoso ordenador espiritual que –bajo la
égida de los valores mismos- permite desenvolver la propia vida como si fuera
un piloto mental automático, el cual, por sí mismo establece el orden divino,
la armonía cósmica y el libre flujo de la energía de Dios.
Variantes o modos de conexión divina:
A. Relajación y
adormecimiento de los sentidos físicos y despertar paralelo de los sentidos
psíquicos.
B. Unión mediante el
pensamiento con el Gran Ser Supremo, conformando conscientemente una unidad
indisoluble con El y constituyéndose en canal de su voluntad divina.
C. Envolverse como en
un manto de la sustancia de Dios.
D. Pedir inspiración,
asistencia y guía a Dios.
E. Dar las gracias a
Dios por todo lo que acontece, por su obra universal maravillosa y por la
oportunidad de servicio mediante el cual se puede prestar el propio concurso en
el quehacer universal.
F. En unión con Dios,
formando una unidad consciente con El y constituyéndose en canal de su divina
voluntad, -estricta justicia divina- entramos en una dimensión atemporal,
-fuera del espacio y del tiempo-, con el libre desenvolvimiento de todas las
facultades espirituales como la clarividencia, la telepatía, la precognición,
la retro-cognición, la psicoquinesia, la telequinesia, la facultad curativa, la
intuición, la inspiración, la psicometría, el desdoblamiento, entre tantas
otras.
G. Es decir, se libera
un poder espiritual capaz de llevar a cabo una serie de fenómenos de percepción,
comprensión y realización que trascienden los límites del razonamiento
objetivo, por la lógica inductiva y deductiva. Paralelamente al conocimiento
trascendental percibido, en análogo grado se activa el poder creador potencialmente
infinito, por las leyes de atracción, repulsión, karma, justicia, compensación
y afinidad.
Representa, efectivamente, un estado de iluminación o samadhi,
la conciencia de Dios y sus atributos vinculados con los valores universales,
un elevado grado de percepción de diversos aspectos vinculados con sí, la
solución sobre aspectos en cursos, clarividencia en el espacio y tiempo,
armonización y depuración espiritual, y un largo etcétera de efectos positivos.
Es decir: el establecimiento de un orden divino, la vibración mental de
armonía, la atracción de elementos coadyuvantes a la realización de los propios
objetivos o a la solución de situaciones y el aislamiento de elementos ajenos
al mismo. En otras palabras: Atracción de lo requerido y el aislamiento de lo
contrario.
H. El libre
desenvolvimiento de dichas facultades en forma consciente y auto-dirigida,
permite alcanzar un nivel de genio en la realización de la gran obra, condición
potencial de todos los seres en los cuatro reinos naturales, que gradualmente
será desarrollada bajo la guía de instructores, -la mayor parte de las veces,
espirituales-, al recibir la iniciación
espiritual.
I. Vivir en Dios es
cumplir su voluntad divina en el quehacer cósmico, llevando a cabo la actividad
que a cada uno le ha sido confiada de acuerdo a su suma existencial, gozando de
la protección divina, de su luz y amor, en estricto cumplimiento de la ley de
la justicia divina.
Adelante.

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