miércoles, 17 de abril de 2019

VIVIR EN DIOS



VIVIR EN DIOS

©Giuseppe Isgró C.
Lucena, Andalucía: 2003.
Del libro: Vivir en Dios


-¿Cómo podemos vivir en Dios?
Es sencillo. De hecho se vive en Dios; se forma parte de Él; cada ser se mueve dentro de la sustancia divina. Empero, una vez emanados a la vida individual, y dotados de todo el potencial universal, de los atributos divinos, hemos sido lanzados a la carrera humana desde un grado cero de progreso. Toda evolución alcanzada constituye un mérito personal, debido al propio esfuerzo. Ha sido preciso ir aprendiendo  desde el inicio a reconocerse a sí mismo como a una parte indivisa de la Divinidad. Igualmente, adquirir conciencia de las propias facultades, del entorno universal en el cual cada ser se mueve, luego la presencia de una conciencia personal y universal, la una réplica exacta de la otra,  y un plan cósmico impreso en ella.
Se forma parte de la Divinidad por haber emanado a la conciencia individual sin haber habido separación y sin dejar de ser Ella. Solo que se ignora, al igual que todo el potencial inherente, en sabiduría de los atributos divinos y poder creador potencialmente infinito.
 Somos un eslabón de una cadena universal se seres emanados a la conciencia individual, a partir de la Divinidad, en los cuatro reinos naturales: humano, animal, vegetal y mineral, para realizar la gran obra de la Creación en el eterno presente siguiendo un plan divino y una ley cósmica.
Para vivir en Dios hay que sintonizarse con El y formar una unidad consciente e indisoluble, como en efectos la formamos. Debido al libre albedrío y al aprendizaje y conciencia que se va forjando, mientras el ser perciba los valores universales, que les guiarán en sus pensamientos, sentimientos, palabras y acciones, puede interrumpir dicha sintonía, por el velo de la separación, pero, no hay tal.
Empero, uniendo el propio pensamiento a Dios, formando una unidad y constituyéndose en canal de su divina voluntad, se vive en Dios mediante la práctica de todas las virtudes relativas a los valores universales, que conforman sus sentidos direccionales de vida.
Ahora bien, al entrar en sintonía con Dios y formar una unidad con El, automáticamente se vive en Dios y Él toma cartas en el asunto, guiando, por inspiración, armonizando con sus principios universales y cumpliendo su rol de Gran Pedagogo en el quehacer cósmico.
Se vive en conexión continúa con Dios por medio de la canalización de los sentimientos, en la conciencia.
El lenguaje de Dios son los sentimientos y cada uno de ellos representa un valor universal, un principio cósmico y una ley divina.
La clave reside en centrar la atención en la Divinidad: Al centrar la atención en Dios se expande la propia conciencia perceptiva, comprensiva y realizadora  de la Divinidad, de sus atributos divinos, o valores universales, y poder creador potencialmente infinito. Un medio efectivo es el Dizkr, o constante recuerdo del nombre de Dios, de los sufíes.
Para el ser, cada valor representa un sentido cósmico que, en su doble polaridad, les guían o sirven de parámetros en el camino de la vida. Cada sentimiento en su dualidad de polaridades permite a Dios desarrollar su rol de Gran Pedagogo. El ser, al sentir el efecto del ceñimiento de su vida a lo justo, a lo bello, al equilibrio, a la verdad, o lo contrario,  va recibiendo la enseñanza gradual y necesaria que le permite desarrollar su discernimiento y un más elevado estado de conciencia, siendo ésta un grado de la de Dios, en el respectivo grado evolutivo, ad infinitum.
Con el sentimiento en su polaridad positiva se recibe el beneplácito de Dios; lo contrario es la señal que indica que se debe corregir el curso de los pensamientos, de los sentimientos, de las palabras y de las acciones. Con la índole positiva de la intención nos acercamos a Dios; con la negativa, nos alejamos de Él. Es como si con una modalidad encendiéramos la luz y con la otra se apagara. De eso se trata, precisamente. Abrirse o cerrarse a la luz. Es una libre elección.
La práctica de las virtudes mantiene activado el flujo de la energía divina en la propia vida. Flujo y reflujo; ir y venir de la energía. El ser se conecta con el yo interno y éste, automáticamente, establece la conexión con Dios al trascender el nivel de interiorización, su estado de trance y deja de obstaculizar la conexión con el desapego, centrándose en Dios y no en el ego. Es preciso meditar en Dios y sus atributos, -valores universales- expresando los elevados sentimientos divinos acordes a los mismos –regidores de todo pensamiento y sentimiento, y  aptitud, actitud y conducta-. Se posee  un poderoso ordenador espiritual que –bajo la égida de los valores mismos- permite desenvolver la propia vida como si fuera un piloto mental automático, el cual, por sí mismo establece el orden divino, la armonía cósmica y el libre flujo de la energía de Dios.
Variantes o modos de conexión divina:
A.   Relajación y adormecimiento de los sentidos físicos y despertar paralelo de los sentidos psíquicos.
B.   Unión mediante el pensamiento con el Gran Ser Supremo, conformando conscientemente una unidad indisoluble con El y constituyéndose en canal de su voluntad divina.
C.   Envolverse como en un manto de la sustancia de Dios.
D.   Pedir inspiración, asistencia y guía a Dios.
E.   Dar las gracias a Dios por todo lo que acontece, por su obra universal maravillosa y por la oportunidad de servicio mediante el cual se puede prestar el propio concurso en el quehacer universal.
F.   En unión con Dios, formando una unidad consciente con El y constituyéndose en canal de su divina voluntad, -estricta justicia divina- entramos en una dimensión atemporal, -fuera del espacio y del tiempo-, con el libre desenvolvimiento de todas las facultades espirituales como la clarividencia, la telepatía, la precognición, la retro-cognición, la psicoquinesia, la telequinesia, la facultad curativa, la intuición, la inspiración, la psicometría, el desdoblamiento, entre tantas otras.
G.   Es decir, se libera un poder espiritual capaz de llevar a cabo una serie de fenómenos de percepción, comprensión y realización que trascienden los límites del razonamiento objetivo, por la lógica inductiva y deductiva. Paralelamente al conocimiento trascendental percibido, en análogo grado se activa el poder creador potencialmente infinito, por las leyes de atracción, repulsión, karma, justicia, compensación y afinidad.

Representa, efectivamente, un estado de iluminación o samadhi, la conciencia de Dios y sus atributos vinculados con los valores universales, un elevado grado de percepción de diversos aspectos vinculados con sí, la solución sobre aspectos en cursos, clarividencia en el espacio y tiempo, armonización y depuración espiritual, y un largo etcétera de efectos positivos. Es decir: el establecimiento de un orden divino, la vibración mental de armonía, la atracción de elementos coadyuvantes a la realización de los propios objetivos o a la solución de situaciones y el aislamiento de elementos ajenos al mismo. En otras palabras: Atracción de lo requerido y el aislamiento de lo contrario.
H.  El libre desenvolvimiento de dichas facultades en forma consciente y auto-dirigida, permite alcanzar un nivel de genio en la realización de la gran obra, condición potencial de todos los seres en los cuatro reinos naturales, que gradualmente será desarrollada bajo la guía de instructores, -la mayor parte de las veces, espirituales-, al recibir la iniciación espiritual.
I.   Vivir en Dios es cumplir su voluntad divina en el quehacer cósmico, llevando a cabo la actividad que a cada uno le ha sido confiada de acuerdo a su suma existencial, gozando de la protección divina, de su luz y amor, en estricto cumplimiento de la ley de la justicia divina.
Adelante.